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Las guerras de Ruanda y el Congo

On March 22, 2011, in historia, by admin

Los enfrentamientos entre los tutsis y los hutus, constantes en la historia de Ruanda, ensangrentaron los primeros quince años de vida independiente de este país: en diciembre de 1963 y enero de 1964 fueron masacrados varios miles de tutsis y unos 120.000 más partieron al exilio principalmente a Burundi, donde, a diferencia de Ruanda, se mantenía férreamente el poderío tutsi sobre sus rivales hutus; en febrero de 1973, en nuevos incidentes, se produjo un número indeterminado de víctimas (oficialmente, unas 300), seguido de otro éxodo de tutsis. Como éstos habían partido ya durante los tres años que precedieron a la independencia en una cifra que se estima en 140.000, su porcentaje en la población del país bajó del 15 al 9 % entre 1959 y 1973.

La democratización de muchos países de África en los primeros años de la década de 1990 afectó también a Ruanda, por lo que el régimen del general Juvénal Habyarimana tuvo que consentir que en 1991 fuera establecido el pluripartidismo. Para entonces era cada vez más activa la guerrilla tutsi del llamado Frente Patriótico (FP), que operaba desde la retaguardia proporcionada por los campos de refugiados tutsis instalados en la vecina Uganda.

El 6 de abril de 1994 murió Habyarimana al ser derribado su avión junto a la capital. Los hutus atribuyeron el atentado a los tutsis del FP, e inmediatamente desencadenaron una espantosa matanza (de tutsis sobre todo, pero también de hutus conciliadores hacia éstos); en apenas tres meses perdieron la vida no menos de medio millón de personas, y más de dos millones hubieron de refugiarse en el extranjero, la mayoría, en el Congo. A pesar de todo, para mediados de julio de ese mismo año el Frente se había hecho con el control del país y nombrado nuevo presidente a Pasteur Bizimungu, un hutu moderado; el verdadero hombre fuerte del nuevo régimen pasó a ser, sin embargo, el general (tutsi) Paul Kagamé, que lo depuso en 2000 y se convirtió en presidente, siendo ratificado en el cargo por las  elecciones de 2003. A finales de 1996 gran parte de los hutus que se habían refugiado en el Congo regresaron a Ruanda, en medio de la crisis bélica desencadenada por entonces en el país vecino; el retorno se produjo en unas condiciones penosas en extremo, con altos niveles de mortalidad entre los grupos de población más vulnerables.

La avalancha de refugiados que huían del conflicto de Ruanda provocó una crisis en el Zaire (actual República
Democrática del Congo) que desbordó al presidente Mobutu Sese Seko, cuyo régimen, que había perdido el apoyo de Occidente, agonizaba. Esto permitió a sus opositores de la Alianza de Fuerzas Democráticas para la Liberación del Congo (AFDLC), liderados por Laurent-Désiré Kabila, iniciar una gran campaña para derrocar al dictador, con el apoyo de Uganda y Ruanda.

Fuerzas hutus refugiadas en la zona realizaban incursiones en Ruanda y el nuevo gobierno este último país tutsi decidió armar a los banyamulengue, etnia tutsi que habitaba en Zaire, lo que complicaría el conflicto por la intervención de milicias indisciplinadas de una u otra etnia que llevarían a cabo acciones muy violentas. En cualquier caso, la ofensiva rebelde terminó con la huida de Mobutu y la proclamación de la República Democrática del Congo en mayo de 1997.

Sin embargo, muy pronto, Ruanda y Uganda, antiguos aliados del nuevo régimen, se volvieron contra él y apoyaron una rebelión de los bayanmulengues en agosto de 1998. Por su parte, Kabila apoyó a los hutus y recibió ayuda de tropas de Zimbabwe, Angola, Namibia, Chad y Sudán, iniciándose una devastadora guerra, la que más muertes (3,8 millones) ha provocado en el mundo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Aunque en julio de 1999 se declaró un alto el fuego, la lucha siguió sobre todo en el este del país, financiada con los ingresos obtenidos con la extracción de coltan, diamantes y otros minerales. Después del asesinato de Kabila en 2001, su hijo Joseph Kabila, que le sucedió en la presidencia del país, inició negociaciones de paz que culminaron en 2002, con la firma del acuerdo de Pretoria, en Sudáfrica, si bien esto no significó el fin de todas las hostilidades, ya que la violencia ha continuado por la actividades de grupos como el Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda, formado por hutus rebeldes. Como consecuencia del acuerdo de Pretoria, se estableció un gobierno de transición y en julio de 2006 se celebraron elecciones multipartidistas, en las que Joseph Kabila fue reelegido presidente tras algunos enfrentamientos violentos en la capital, Kinshasa.

Este artículo pertenece a la colección de Historia Universal de Signo Editores.

 

 

La política portuguesa y, concretamente, la revolución de 1974 determinaron la independencia apresurada de las colonias de Portugal, después de una larga lucha de los grupos nacionalistas contra el sistema provincial. En Guinea-Bissau, el grupo guerrillero del PAIGC, después de controlar amplias zonas del país, declaró unilateralmente la independencia, tras lo cual se constituyó en una República de partido único. A pesar de que el movimiento nacionalista de Cabo Verde propuso la unión de ambos territorios en un solo Estado independiente, finalmente se descartó esta posibilidad.

 

En Mozambique, el movimiento revolucionario FRELIMO y en São Tomé y Príncipe el Partido Nacionalista,
ambos de inspiración socialista, pactaron con el nuevo gobierno portugués el acceso a la independencia.
Sin embargo, tras la independencia se desencadenó una guerra civil hasta que en 1992 se firmó un acuerdo de
paz entre el FRELIMO y el RENAMO. El primero abandonó el marxismo-leninismo y adoptó para el país una economía de mercado bajo un programa de ajuste estructural. Armando Emilio Guebuza, sucesor de Joaquim Chissano en la presidencia desde 2004, prometió darle continuidad a las exitosas políticas económicas que favorecían la inversión extranjera. También conflictiva fue la independencia de Angola, donde la división de los partidos nacionalistas desembocó en el estallido de una guerra civil entre el grupo mayoritario MPLA, con el que Portugal había negociado la descolonización, y el UNITA. Tras el final definitivo de la guerra civil en 2002 se formó un gobierno de unidad nacional y en 2008 se celebraron elecciones parlamentarias, en las que ganó el MPLA.

El Sahara Occidental, que se había convertido en provincia española en 1958, con una asamblea representativa propia, era reivindicado por el gobierno marroquí desde hacía tiempo. La importancia económica del territorio se basaba en la explotación de yacimientos de fosfatos, descubiertos en 1950. Marruecos presionó a las autoridades españolas impidiendo a los pesqueros de Canarias faenar en sus costas, reclamando la soberanía sobre las ciudades de Ceuta y Melilla, utilizando a sus aliados occidentales en contra de España, instrumentalizando el desconcierto de los últimos momentos del régimen franquista y organizando en 1975 una invasión del Sahara por unos 100.000 civiles (la Marcha Verde). A pesar de que la ONU y la OUA se manifestaron a favor del derecho de autodeterminación del pueblo saharaui y reconocieron al Frente Polisario como su legítimo representante, el gobierno español decidió ceder su soberanía a Mauritania y Marruecos, con los que firmó un tratado en 1975. Ese mismo año, el Frente Polisario proclamó la República Árabe del Sahara, que fue reconocida por la mayoría de los Estados de la OUA. En 1976, Mauritania renunció a sus derechos sobre el territorio, pero Rabat se negó a permitir la retirada de sus tropas y retrasó continuamente la celebración de un referéndum sobre la independencia del Sahara o su incorporación a Marruecos, con lo que el problema quedó estancado.

En Rhodesia, la guerra de guerrillas iniciada en 1967 por los dos partidos negros (el ZANU y el ZAPU) fue erosionando la posición del gobierno racista de Ian Smith hasta que finalmente éste decidió conceder la legalidad al partido nacionalista negro, partidario de una solución negociada al conflicto (ANC). En 1979, su líder, Abel Muzorewa, resultó elegido en las primeras elecciones libres que permitieron la participación de la mayoría negra, cambió el nombre del país por el de Zimbabwe e inició un plan de reconciliación nacional del que formaron parte las guerrillas, los representantes de la minoría blanca, y la Commonwealth y el gobierno británico como observadores. A partir de 1982, el país empezó a deslizarse hacia el monopartidismo hasta caer bajo la dictadura del primer ministro Robert Mugabe, que consiguió perpetuarse en el poder a pesar de la graves crisis económica y de la condena internacional.

En Namibia, las autoridades surafricanas llegaron a un acuerdo con la organización guerrillera SWAPO (Organización Popular de África del Sudoeste) en 1989 para el alto el fuego a cambio de la convocatoria de unas elecciones y la ejecución de la resolución 435 del CSNU. En 1990 se aprobó la Constitución, y el líder del SWAPO, Sam Nujoma, después de más de treinta años de exilio y de lucha accedió a la presidencia de Namibia, admitida como nuevo miembro de la ONU en marzo de 1990. Sam Nujoma fue reelegido en 1994 y 1999, siendo sustituido en 2004 por Hifikepunye Lucas Pohamba, también del SWAPO. En Sudáfrica, el presidente Frederik W. de Klerk empezó de forma prudente a dar los primeros pasos para el establecimiento de un régimen realmente democrático en la década de 1990, como la legalización del Congreso Nacional Africano (CNA) y la excarcelación del histórico líder de la resistencia negra Nelson Mandela en 1990 y la eliminación de las bases legales del apartheid en 1991. La colaboración entre ambos culminó con la celebración de elecciones libres en abril de 1994, que dieron la victoria al CNA, lo que hizo de Mandela el primer presidente negro del país. En 1996 fue aprobada la nueva Constitución de la Sudáfrica democrática y plurirracial. Institucionalmente, el país mantuvo su estabilidad,  siempre gobernada por el CNA. A Mandela le sucedieron en 1997 Thabo Mbeki, reelegido en 2004, y Jacob Zuma en 2009. No todos los problemas
heredados del régimen del apartheid se han solucionado, puesto que millones de sudafricanos negros continúan viviendo en la pobreza.

Ha leido un fragmento de la colección de Signo Editores sobre Historia Universal

 

África y Asia, que fueron inicialmente los escenarios de las luchas por la descolonización, pasaron luego ser teatro del enfrentamiento entre los bloques y posteriormente de luchas étnicas o de culturas, tras la emergencia del fundamentalismo islamista como una fuerza de oposición a Occidente. Como fenómenos positivos del último tercio del siglo XX, en África hay que anotar la culminación de los procesos de emancipación de las antiguas colonias portuguesas y Namibia, así como el desmantelamiento de los regímenes de segregación racial de Rhodesia y Sudáfrica, aunque la descolonización del Sahara sigue sin perspectivas de que pueda tener una solución. En cambio, han brotado otras guerras de orígenes étnicos, como las de Ruanda y el Congo, a las que los intereses occidentales no han sido siempre ajenos. La aparición del integrismo islámico ha ensangrentado además algunas zonas del norte de África, como Argelia o Sudán. En Oriente Medio, el viejo conflicto de Palestina entre árabes e israelíes sigue sin encontrar una salida aceptable para las partes y se ha complicado con nuevas guerras en la zona, como las guerras del Golfo. La aparición del terrorismo islámico, que ha golpeado algunas ciudades occidentales, ha convertido a Irak y Afganistán en nuevos puntos candentes donde la paz parece lejana. En cambio, el Sudeste asiático ha encontrado la senda de la pacificación y se apresta a entrar en una nueva era de desarrollo.

La penetración soviética en África
Los nuevos dirigentes de África eran por definición anticolonialistas y en gran medida antioccidentales, lo que
hizo abrigar esperanzas a Unión Soviética sobre las posibilidades de captar nuevos aliados. No obstante, las primeras experiencias de colaboración con Guinea, Mali y Ghana fueron efímeras, y el comportamiento neocolonial de la URSS en el conflicto del Congo, donde animó la secesión de Stanleyville y apostó por un candidato perdedor, la enemistó con la mayor parte de la OUA. Para la diplomacia soviética, el balance de la política de su país en África a principios de la década 1970 era desalentador: era proveedor de armamento a Nigeria, aliado del menos previsible de los líderes africanos, el coronel Gaddafi, y defensor del dictador somalí Siad Barre. Si Moscú no podía aspirar a tener más que relaciones amistosas con Nigeria, tampoco estaba en condiciones de esperar mucho más de Libia, a pesar de que ésta constituía el mayor arsenal de armas soviéticas fuera de Europa.

Somalia tuvo un interés estratégico para la presencia naval soviética en el Índico. A través de Cuba, Moscú supo actuar con tanta contundencia como prudencia para captar también a Etiopía, enemiga de Somalia en la disputa territorial por Ogaden. De nuevo se demostró que la inestabilidad política y el apoyo a dictadores sanguinarios, como Siad Barre de Somalia y Mengistu de Etiopía (presidente del país después de que una revolución socialista derrocara a Haile Selassie en 1974), resultaban extraordinariamente beneficiosos para los intereses estratégicos de la Unión Soviética.

A mediados de de la década de 1970, del derrumbamiento del dominio colonial portugués nacieron dos nuevos Estados: Mozambique, con un régimen de partido único de izquierdas, pero no alineado en política exterior, y Angola, donde se desató una guerra civil en la que la URSS, por medio de un numeroso ejército cubano, apostó por el bando vencedor (MPLA). La persistencia de las guerrillas de UNITA en el sur del país prolongó la permanencia de las tropas enviadas por Castro, hasta 1989-1990. El principal instrumento de influencia de las potencias occidentales en África lo constituyó la ayuda económica, terreno en el que la URSS se reveló incapaz de competir. Por eso, muchos países a los que repugnaba, por principio, un alineamiento con sus antiguas metrópolis adoptaron un neutralismo que les permitía recibir el soporte financiero del mundo desarrollado. Argelia, un país al que podía atribuirse una orientación socialista, supo mantener una postura equidistante entre la URSS y Francia para beneficiarse de los favores de ambas.
No obstante, no siempre fue posible eludir el compromiso cuando existían intereses convergentes entre las clases dirigentes y las potencias occidentales; para el Sudán de Numeiry, la ayuda estadounidense sirvió para contener la hostilidad de dos aliados soviéticos como Libia y Etiopía. De cualquier forma, los intereses tácticos, estratégicos o territoriales prevalecieron sobre cualquier consideración ideológica o moral; no podría explicarse de otro modo el apoyo occidental a dictaduras tan crueles como la de Macías en Guinea, Bokassa en África Central o Idi Amin en Uganda.

 

Este fragmento forma parte de la colección de Historia Universal de Signo Editores